Un proyecto cooperativo de vivienda para familias indígenas desplazadas
Este boletín describe el esfuerzo colectivo de campesinos en el pueblo de El Tablón Viejo, en Sinaloa, México, para responder a la urgente necesidad de viviendas de varias familias indígenas que se han asentado aquí durante los últimos años. Estas familias fueron despojadas cruelmente de sus tierras ancestrales por personas ajenas a sus comunidades, quienes — movidas por la ambición— se apropiaron de las tierras que cultivado durante generaciones, para destinarlas al cultivo de drogas. En busca de un lugar de comenzar de nuevo, varias de estas familias desplazadas terminaron asentándose de manera precaria en las afueras de El Tablón Viejo.
Casualmente, El Tablón Viejo — ubicado aproximadamente a una hora al sur de Mazatlán— es el pueblo donde hoy vive y trabaja mi viejo amigo Polo Ribota. Hace algunos años, aquí mismo, Polo construyó para mí una casa de adobe ecológicamente sana, justo al lado de la suya, para que él y su familia pudieran ayudarme a sobrellevar mi vejez (ahora tengo 92 años). … Y, como era de esperarse, fue precisamente Polo quien impulsó la iniciativa solidaria de construcción de viviendas, que constituye el tema central de este boletín.
Polo — gran amigo mío desde que era niño — ha desempeñado durante décadas un papel innovador y resolutivo en PROJIMO, nuestro proyecto comunitario de rehabilitación dirigido por habitantes discapacitados de la Sierra Madre.
Desde más de 20 años, Polo forma parte del consejo directivo de nuestra organización no gubernamental, HealthWrights (Grupo de Trabajo por la Salud y los Derechos de los Pueblos). Como campesino trabajador, siempre ayuda a mantener nuestros esfuerzos con los pies bien puestos sobre la tierra.
Un compromiso nacido de la empatía
Polo tiene un corazón enorme y disfruta tender la mano a quienes atraviesan momentos difíciles o han sido tratados injustamente. Siente una profunda empatía por las familias indígenas desplazadas que hoy viven en El Tablón. Quizá esa sensibilidad nace de su propia historia: cuando Polo era niño, la violencia relacionada con el narcotráfico le arrebató a su padre y obligó a su familia a abandonar su hogar. Por eso, no resulta extraño que Polo — hoy de 50 años y padre de familia — se identifique tan profundamente con estos desplazados pobladores indígenas. Sus historias de vida están marcadas por sufrimientos muy semejantes. (Más adelante, en este mismo boletín, encontrarán una sección dedicada a la historia de Polo).
Lamentablemente, esta historia de despojo y discriminación sistemática se repite entre muchos pueblos indígenas de la región. Cada vez más familias indígenas de Durango, Nayarit, Jalisco y otros estados han sido expulsadas de sus tierras comunales por grupos ligados al cultivo de drogas. Como estas tierras pertenecían a sus antepasados desde mucho antes de la colonización de México, nunca existieron títulos de propiedad registrados oficialmente. Así, bastó en muchos casos con algunos sobornos para que los legítimos habitantes fueran desalojados legalmente. Actualmente, el gobierno de Morena ha emprendido esfuerzos para corregir estas injusticias tan evidentes, aunque se trata de un proceso lento y complejo.
Desde que estas familias comenzaron a establecerse en El Tablón hace algunos años, Polo ha buscado apoyarlas de maneras que fortalezcan su autonomía: las ha ayudado a obtener reconocimiento de sus derechos como posesionarios, acceso al agua y empleos temporales como jornaleros agrícolas. También ha contribuido a que sus hijos puedan asistir a la escuela y recibir atención médica.
Sin embargo, una de las necesidades más urgentes de estas familias despojadas de su tierra era contar con una vivienda digna. Habían llegado a El Tablón con poco más que la ropa que llevaban puesta. Para protegerse del sol abrasador y de las lluvias torrenciales, recurrieron a todo tipo de materiales de desecho: láminas de plástico, ramas de árboles, cartón viejo, tejas rotas y cualquier otro material que pudieran conseguir. Con gran ingenio fueron armando chozas y refugios improvisados. A continuación presentamos algunos ejemplos de estas viviendas.
Las familias soñaban con ir mejorando poco a poco sus condiciones de vida. Trabajaban arduamente — con frecuencia incluso los niños colaboraban—, pero sus escasos ingresos apenas alcanzaban para cubrir las necesidades más básicas. Entonces ocurrió algo completamente inesperado: surgió una oportunidad extraordinaria para atender una de las necesidades más urgentes de estas familias desplazadas.
Un viejo amigo de HealthWrights, ya muy enfermo y consciente de que se acercaba el final de su vida, quiso hacer una donación importante a nuestra organización. Su deseo era que ese dinero produjera un cambio real en la vida de personas desfavorecidas que habían sufrido grandes injusticias. Esperaba que sirviera para impulsar un proyecto cooperativo, en el que los vecinos trabajaran unidos por la satisfacción de hacer lo correcto y no por obtener un beneficio personal. Pensaba que un ejemplo de trabajo colectivo en favor del bien común podría inspirar a otras personas a hacer lo mismo.
Como este generoso benefactor nunca quiso recibir reconocimiento público, en este boletín simplemente lo llamaré “Peter”.
Peter — a quien conocí durante muchos años — y que hace poco falleció — dedicó buena parte de su vida a defender los derechos y la dignidad de personas marginadas y estigmatizadas por la sociedad. Cuando supo de la situación de las familias indígenas asentadas en El Tablón, quiso hacer algo que realmente marcara una diferencia.
Como último gesto de solidaridad, donó US$10,000 a través de HealthWrights, destinándolos específicamente a ayudar a resolver las necesidades de vivienda de estas familias indígenas en situación de desventaja.
Cuando Polo recibió la noticia de este regalo inesperado de Peter, a quien conocía y apreciaba, se entusiasmó de inmediato. Convocó a varias de las familias indígenas con mayores necesidades, así como a albañiles y otras personas del pueblo con experiencia en construcción, para buscar juntos la mejor manera de aprovechar esos recursos.
Las propias familias propusieron una solución ejemplar: construir las casas de manera colectiva, una por una. Todos trabajarían juntos hasta terminar la vivienda de una familia y, una vez concluida, pasarían a construir la siguiente. Y así fue exactamente como sucedió.
Los US$10,000, convertidos en aproximadamente 180,000 pesos mexicanos, parecían una suma importante. Sin embargo, cuando se trata de construir viviendas — aunque sean pequeñas y muy sencillas — el dinero rinde mucho menos de lo que uno imagina. Por ello, desde el principio se procuró levantar casas seguras y funcionales al menor costo posible. Cuanto menos se gastara en cada vivienda, mayor sería el número de familias beneficiadas.
Había once familias cuya necesidad de vivienda era especialmente urgente. Para construir siquiera la mitad de las casas necesarias con los recursos disponibles, era indispensable que casi toda la mano de obra fuera voluntaria y que la mayor parte del presupuesto se destinara exclusivamente a los materiales.
Así comenzó una verdadera jornada comunitaria de construcción. Las paredes se levantaron con ladrillos fabricados en la región, en lugar de bloques de concreto, ya que en el intenso calor de la zona los ladrillos ayudan a mantener el interior de las casas un poco más fresco, aunque los bloques permitan construir con mayor rapidez.
Para los techos se eligieron losas horizontales de concreto reforzado. Primero fue necesario instalar una cimbra temporal hecha con vigas y tablones rentados en un negocio de materiales de construcción de la ciudad. Sobre esa estructura se colocó una malla de varilla de acero y, encima de ella, se vació una capa de aproximadamente diez centímetros de concreto.
Construyendo juntos un nuevo comienzo
En la hechura colectiva de las casas, la construcción de las losas del techo era un trabajo pesado que exigía un enorme esfuerzo físico. Rentaron una pequeña revolvedora de gasolina, apenas del tamaño de una carretilla. En ella preparaban la mezcla con cemento y arena, la cual transportaba desde un arroyo cercano. Cubeta tras pesada cubeta, la mezcla se subía por escaleras rústicas hasta el techo. Allí, albañiles de la comunidad, apoyados por numerosos voluntarios, la extendían cuidadosamente sobre la malla de acero de refuerzo. Después de dejar endurecer el concreto durante varios días, retiraban la cimbra y reutilizaban los tablones para construir la siguiente casa.
De esta manera, una tras otra, se levantaron las primeras cinco viviendas. Gracias al enorme esfuerzo voluntario de la comunidad, las obras avanzaron con rapidez y a un costo sorprendentemente bajo.
Mientras el trabajo avanzaba, Polo enviaba a Peter informes sobre los avances, acompañados de fotografías y videos. Peter — ya bajo cuidados paliativos durante los últimos días de su vida — quedó tan conmovido por lo que veía que decidió hacer una segunda donación, suficiente para construir las seis viviendas restantes que se necesitaban con mayor urgencia.
Aunque estas casas son muy sencillas y los muros de ladrillo permanecen sin enjarararlos, ellas representan una mejora enorme respecto a las precarias chozas donde antes vivían estas familias.
Pero quizá el beneficio más importante fue otro: el proceso de construir juntos fortaleció no sólo los lazos entre las propias familias indígenas, sino también su integración con la comunidad mestiza de El Tablón Viejo.
Lamentablemente, Peter falleció antes de que todas las viviendas estuvieran terminadas. Sin embargo, en sus últimos días tuvo la satisfacción de saber que había logrado reparar, al menos en parte, la injusticia sufrida por algunas de estas familias indígenas desplazadas.
Y alentándolo más a Peter, confiaba en que este proyecto comunitario de construcción de viviendas en El Tablón serviría de inspiración para que otras personas solidarias emprendieran iniciativas semejantes.
Una invitación solidaria
Actualmente todavía hay nueve familias indígenas en El Tablón que continúan viviendo en las viviendas más precarias. Entre ellas, dos familias enfrentan una situación especialmente crítica y se beneficiarían enormemente de contar con una pequeña casa digna.
Hoy existe ya un grupo de vecinos que construyó su propia vivienda gracias a este proyecto, y que está listo para colaborar voluntariamente en la construcción de nuevas casas para otras familias.
El costo de los materiales sigue aumentando, mientras que el valor relativo del dólar ha disminuido. Aun así, Polo calcula que actualmente es posible construir una vivienda pequeña, sencilla pero habitable, por alrededor de US$3,500. Si alguno de nuestros lectores tiene el deseo y la posibilidad de ayudar a financiar una casa más, la familia beneficiaria — que también participará activamente en la construcción de su propia vivienda y en la de otras familias— recibirá ese apoyo con enorme gratitud … y nosotros también.
Con mucho gusto enviaremos a los donantes un reporte fotográfico del proceso de construcción y de la vivienda terminada.
Conozcamos a Polo
Pensamos que muchos lectores querrán saber un poco más acerca de Polo (i.e. Leopoldo Ribota Virrey), el impulsor y principal organizador del proyecto cooperativo de vivienda descrito en este boletín. Durante décadas Polo ha sido una de las personas más valiosas que han formado parte de nuestras iniciativas comunitarias de salud y rehabilitación en Sinaloa.
Ésta es parte de su historia.
Todo comenzó a raíz de un conflicto con un poderoso grupo del narcotráficantes que pretendía apoderarse de una pequeña pista de aterrizaje que el padre de Polo había construido años atrás, cerca de su aislada comunidad. La resistencia de su padre al despojo desencadenó un enfrentamiento armado en el que murió el jefe de los malandros. Para sobrevivir, la familia tuvo que huir durante la noche, siguiendo veredas de la sierra, llevando consigo poco más que la ropa que vestían.
Su refugio fue el lejano pueblo de Ajoya, en el vecino estado de Sinaloa. Como quizá recuerden nuestros lectores de muchos años, Ajoya es precisamente la comunidad donde Proyecto Piaxtla — el programa comunitario de salud que ayudé a iniciar en 1965 — tuvo su primera sede. Allí mismo, hasta la fecha, la renovada Clínica de Ajoya continúa con su compromiso humanitario de “poner primero a quienes más necesitan”. (Véase nuestro Boletín No. 87).
También fue en Ajoya donde, en 1981, nació PROJIMO (Programa de Rehabilitación Organizado por Jóvenes Incapacitados de México Occidental), como otro servicio surgida del Proyecto Piaxtla.
Cuando la familia de Polo llegó a Ajoya en 1986, obligada a empezar de nuevo desde cero, en PROJIMO hicimos todo lo posible por ayudarla. Entre otras cosas, invitamos a Polo — entonces todavía un pequeño profundamente afectado por todo lo que había vivido — a involucrarse en nuestro taller infantil de fabricación de juguetes, donde niños de la comunidad elaboraban juguetes didácticos para pequeños con discapacidad.
Al principio, Polito era muy tímido y reservado. El trauma de lo vivido lo había vuelto silencioso y desconfiado, así que decidí acompañarlo personalmente y ayudarlo a integrarse poco a poco.
Con los años, Polo fue involucrándose cada vez más en las actividades de rehabilitación de PROJIMO. Pronto descubrimos que él tenía un talento extraordinario para diseñar y fabricar ayudas técnicas adaptadas a las necesidades específicas de cada niño con discapacidad.
Lo que joven más disfrutaba era ayudar precisamente a quienes enfrentaban los retos más difíciles. Siempre que sus tareas familiares se lo permitían, aparecía en PROJIMO con ganas de colaborar. Aprendió a construir todo tipo de aparatos de apoyo para personas con discapacidad. Y le gustaba participar creativamente en las terapias.
Aún en so adolescencia, ya demostraba la paciencia, creatividad y sensibilidad de un terapeuta nato.
Y, por todos sus talentos, seguía siendo increíblemente modesto. Siempre que alguien elogiaba su trabajo, bajaba la mirada y se sonrojaba.
Con el tiempo, la familia de Polo logró establecerse en Ajoya. Repararon una antigua casa de adobe abandonada, desmontaron una parcela en la ladera para cultivar, y poco a poco construyeron un nuevo hogar. Durante algunos años parecía que, por fin, las cosas comenzaban a mejorar.
Pero la tragedia volvió a alcanzarlos.
Los mismos narcotraficantes que perseguían al padre de Polo descubrieron que se había refugiado en Ajoya. Una vez más la familia tuvo que huir precipitadamente. Yo mismo les ayudé a salir en secreto durante la noche para refugiarse en otra comunidad, llamada Lodasal. Nuevamente tuvieron que empezar desde cero. Dos años después, otra vez la historia volvió a repetirse. Pero esta vez fue demasiado tarde.
Una noche, integrantes del mismo grupo criminal — disfrazados de policías estatales— secuestraron al padre de Polo y lo asesinaron brutalmente a balazos.
Lo que quedaba de la familia terminó refugiándose en El Tablón Viejo, donde vivían algunos de sus parientes. (También en esa ocasión pude ayudarlos a llegar allí en secreto). Durante un tiempo evitaron decirle a nadie dónde estaban, aunque ellos y yo nunca perdimos el contacto.
Por naturaleza, Polo siempre ha sido una persona tranquila, generosa y compasiva. Desde que lo conozco, ha procurado evitar los conflictos y siempre está dispuesto a ayudar a quien lo necesita. Rechaza la violencia y, desde muy joven, incluso la sola vista de la sangre le resulta insoportable.
Sin embargo, el asesinato de su padre dejó el chico con una herida muy profunda. El miedo que sentía hacia Don Miguel, el sicario (asesino profesional) terminó convirtiéndose en odio. Durante las primeras semanas y meses después del crimen, Polo hablaba, cada vez con más coraje, sobre su obligación de vengarse.
Era un sentimiento completamente comprensible.
Pero la venganza suele convertirse en un círculo sin fin.
Yo traté de ayudarlo a mirar más allá del dolor inmediato y pensar en las posibles consecuencias. Si él mataba a Don Miguel para vengar a su padre, la pandilla criminal buscaría vengarse a su vez. Esa cadena de represalias podía terminar cobrando muchas más vidas inocentes … incluso las de los hijos que algún día que Polo mismo pudiera tener.
Durante mucho tiempo conversamos sobre todo esto.
Polo estaba profundamente dividido. Por un lado, deseaba vivir en paz y dejar atrás el miedo y furia constante que había afectado a toda su familia fugitiva. Por otro, llevaba dentro el inmenso dolor por el asesinato de su padre y un profundo anhelo de justicia.
La presión cultural tampoco ayudaba. En una sociedad donde con demasiada frecuencia el machismo exige la venganza violente, Polo sentía un enorme peso sobre los hombros. Traté de convencerlo que, en tales situaciónes, lo que requiere más valor es buscar soluciones pacíficas y menos dañinas para todos, y especialmente para los inocentes.
Yo intentaba convencerlo de que la verdadera fortaleza también puede expresarse en contenerse la furia y seguir siendo la persona bondadosa y solidaria que siempre había sido.
Durante muchas horas seguimos reflexionando juntos sobre estas dilemas. A Polo le hacía bien tener con quién hablar, alguien que lo escuchara sin juzgarlo y que lo ayudara a ordenar los sentimientos encontrados y las presiones que lo desgarraban por dentro.
Una y otra vez llegábamos a la misma conclusión: lo más importante era considerar todas las consecuencias posibles y tratar de actuar de la manera que pudiera generar el mayor bienestar y el menor sufrimiento, especialmente para las personas que amamos.
Con el paso del tiempo, aquella situación tan dolorosa empezó a hacer más manejable, aunque la violencia del narcotráfico en la región continúa hasta hoy en día. (Véase nuestro Boletín No. 89).
A los pocos años, los asesinos del padre de Polo — inclusive el sicario Don Miguel — habían muerto, en su mayoría durante enfrentamientos entre diferentes carteles. Gracias a eso, la familia de Polo ya no tuvo que seguir viviendo escondida ni huyendo de un lugar a otro.
Hoy Polo vive en El Tablón Viejo junto con su madre, ya de edad avanzada, su esposa, algunos de sus hijos y varios de sus nietos. El principal sustento de la familia proviene de la agricultura, un trabajo que él disfruta (aunque con creciente problemas climáticas … vea nuestro Boletín No. 89) .
Sus principales cultivos comerciales son chile, tomate y pepino, que produce en cantidades importantes para su venta.
Además de estos cultivos, hace años comenzó a sembrar un amplio huerto de mangos pensando en el futuro.
Confía en que, conforme envejezca y disminuya su capacidad física (hoy tiene 50 años), estos árboles — que pueden producir durante muchas décadas — le proporcionarán una cosecha cada vez mayor con relativamente poco mantenimiento. A medida que los árboles maduran y desarrollan raíces más profundas, necesitan menos riego y requieren menos trabajo.
Desde hace muchos años, Polo también ha pensado en cómo ayudarme a enfrentar el paso del tiempo.
Como mencioné al principio de este boletín, en 2005 él y su familia construyeron, junto a su modesta vivienda, una casa especialmente diseñada para mí, con el propósito de poder acompañarme y cuidarme durante mi vejez.
Las paredes de adobes extra gruesas ayudan a mantener el interior fresco durante los meses de intenso calor. Además, la casa incorpora diversas adaptaciones pensadas tanto para mi discapacidad física progresiva como para las limitaciones propias de la edad. Hoy, a mis 92 años, es un hogar cómodo, ecológicamente sana, y sorprendentemente fresco.
Cuando estoy en México, vivo principalmente en esa casa de El Tablón, diseñada con enorme dedicación para responder a mis necesidades y rodeada de una familia que me cuida con cariño.
En suma, desde hace ya más de cuarenta años, Polo y yo somos amigos entrañables. Y hoy, es él quien me ayuda mucho más de lo que yo podría ayudarlo a él.
Cuando estoy en México — y también cuando él ocasionalmente me visita en la Estados Unidos— me acompaña como ayudante personal (junto con otro gran amigo, Carlos García, a quien presentamos en el Boletín No. 89).
Con enorme naturalidad, Polo me ayuda a bañarme y con mi higiene personal. Me coloca los aparatos ortopédicos en las piernas. Y cada mañana y cada tarde, sale a caminar conmigo, apoyándome cuidadosamente.
Con frecuencia me lleva a caminar por algún hermoso paraje natural o por un sendero que él mismo abrió y acondicionó en sus tierras de cultivo.
Así me ayuda a seguir viviendo … y a seguir disfrutando de la vida.
A lo largo de los años, Polo ha desempeñado un papel fundamental en nuestro programa comunitario de rehabilitación (PROJIMO).
En repetidas ocasiones, ha conducido vehículos cargados de niñas y niños con discapacidad desde Sinaloa hasta California para que reciban atención médica y cirugías gratuitas en el Hospital de Shriners y otros centros especializados. Y sobre todo, nunca ha dejado de ofrecer su amistad, su tiempo y su ayuda a quienes más lo necesitan.
En resumen, durante más de tres décadas Polo ha desempeñado un papel verdaderamente excepcional.
Ha contribuido de manera decisiva al desarrollo de nuestros programas comunitarios de salud y rehabilitación, ha fortalecido a las comunidades donde ha vivido y siempre ha estado dispuesto a tender la mano a quienes enfrentan las mayores dificultades.
Para mi, Polo ha sido un dedicado compañero de trabajo, mi amigo más cercano y, ahora que los años me pesan cada vez más, también ha sido un incansable cuidador. Claro que Polo también tiene sus debilidades. Y indudablemente, aún lleve consigo profundas cicatrices emocionales.
Sin embargo – quizá precisamente por todo lo que ha vivido – posee una capacidad extraordinaria para comprender el sufrimiento ajeno, y una empatía inquebrantable hacia quienes han sido tratados con crueldad o injusticia. Es, sencillamente, un hombre de gran corazón.
Un nuevo libro en camino
El arte y la odisea de David Werner: una aventura de 90 años
David Werner y Jason Weston han trabajado juntos en un nuevo libro que reúne una amplia selección de las pinturas, dibujos y bocetos que David ha realizado a lo largo de más de setenta años. Muchas de las obras se reproducen a todo color y van acompañadas de las historias que les dieron origen. Ofreciendo una mirada íntima a algunos de los momentos más significativos y transformadores de una vida verdaderamente extraordinaria.
A lo largo de su trayectoria, David ha explorado diversos estilos y técnicas artísticas, todos representados en este volumen. Una de las influencias más importantes en su desarrollo fue el aprendizaje de la pintura sumi-e con un maestro zen en Kioto, Japón. Durante varios años esa tradición marcó profundamente su obra, realizada principalmente con tinta negra preparada a base de carbón. Más adelante, al comenzar a pintar aves y flores, empezó a experimentar con un tipo de acuarela opaca nombrado “gouache”, introduciendo poco a poco el color a sus composiciones. En cambio, las ilustraciones de la mayoría de sus libros anteriores fueron casi exclusivamente dibujos lineales en blanco y negro. Este libro reúne ejemplos de todas esas etapas, además de otras sus obras menos conocidas, como los bocetos al carbón que realizó siendo joven en París.
El libro también incluye una selección de dibujos autobiográficos inspirados en las extraordinarias experiencias de su vida, entre ellos los que ilustran su inolvidable viaje en bicicleta hasta la India. Muchas de estas imágenes forman parte de su próxima autobiografía en tres volúmenes. Al preparar este libro, David decidió que, en muchos casos, los dibujos estuvieran acompañados no solo de un breve pie de foto, sino de la historia completa que les dio origen. Como estas ilustraciones representan algunos de los momentos más intensos, desafiantes y transformadores de su vida, los relatos que las acompañan les aportan una profundidad y un significado excepcional. Aunque esta combinación de arte visual y narrativa autobiográfica no es habitual en un libro de arte, los autores consideraron que las historias enriquecen tanto las imágenes que bien vale la pena romper con esa tradición. Aunque la mayor parte del libro está dedicada a la obra gráfica de David, el volumen concluye con una pequeña selección de fotografías de construcciones diseñadas por él — principalmente casas en los árboles— así como una escultura de dos manos tallada en madera.
En conjunto, tanto el contenido, como la forma de presentar este libro, reflejan el espíritu de la vida de David Werner: creativa, poco convencional y llena de aventuras.
El libro estará impreso en los próximos meses. En cuanto esté disponible, les enviaremos un anuncio. Mientras tanto, los invitamos a estar pendientes. Esperamos que disfruten este libro y el recorrido por la extraordinaria vida y obra de David Werner.
Contenido final

| Junta Directiva |
| Bruce Hobson |
| Jim Hunter |
| Leopoldo Ribota |
| David Werner |
| Jason Weston |
| Efraín Zamora |
| Junta de Asesoria Internacional |
| Allison Akana — United States |
| Dwight Clark — Volunteers in Asia |
| Mira Shiva — India |
| Michael Tan — Philippines |
| María Zúniga — Nicaragua |
| Este Numero Fue Creado Por: |
| David Werner — Writing, Photographs, and Drawings |
| Jason Weston — Editing and Layout |

